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DRAMÁTICO TESTIMONIO. “Si me hubiera quedado en la Abbey Gate posiblemente estaría muerto”, escribía H en un mensaje en WhatsApp. Minutos antes había estado en ese punto, la puerta de acceso al aeropuerto de Kabul donde se produjo la primera de las dos mortíferas explosiones que dejaron al menos 103 muertos y más de 150 heridos, según la agencia Ap. Hasta otras tres explosiones habrían seguido, pocas horas más tarde. Entre las víctimas mortales hay 13 marine s y un médico de la Armada estadounidense.

Imágenes grabadas con un móvil mostraban cuerpos amontonados en una acequia seca que discurre junto al muro del aeropuerto en la que se concentraba una multitud estos días.

H estaba haciendo ayer un último intento por encontrar a las tropas españolas en el aeropuerto, una misión que se le había hecho imposible desde la madrugada del martes, cuando salió de casa con un salvoconducto que lo autorizaba a ser evacuado con destino final en la base de Torrejón. Su carrera como periodista y colaborador de medios extranjeros, incluida La Vanguardia , sumado a amenazas que había sufrido en el pasado, le habían hecho merecedor a la autorización. Dos camisetas, una roja y una amarilla, amarradas en su muñeca como si fueran una bandera, eran el distintivo con el que buscaba hacerse notar desde el otro lado de la barrera. Al acercase a uno de los puntos gritando “¡España, España!”, dos soldados estadounidenses le gritaron que los españoles no estaban allí, que se dirigiera a la puerta cercana al hotel Baron, que allí los encontraría.

Caminaba hacia ese lugar cuando sucedieron las explosiones, la segunda mucho más cerca de donde él se encontraba en este momento. “Fue muy fuerte, todo se movió y luego la gente empezó a correr. Habían muchos ensangrentados”, explicó. Después empezaron a pasar las ambulancias con los muertos y heridos.

“Había mucha gente allí, todo el mundo busca autorización para entrar al aeropuerto”, seguía contando H. Él sabia del peligro que corría para llegar hasta ese lugar. Dos horas antes había enviado un pantallazo de un mensaje que circulaba en redes de mensajería en el que se leía: “Aléjese de Abbey Gate. Váyase inmediatamente. Vuelva a casa y permanezca seguro”. Desde la noche anterior la inteligencia estadounidense y la británica venían advirtiendo de un posible atentado del Estado Islámico de Jorasán, el brazo afgano del EI, enemigo de los talibanes. Anoche, la agencia del EI, Amaq, asumía la autoría pero hablaba de un solo terrorista suicida, que habría llegado a menos “de cinco metros de los norteamericanos”, causando 160 víctimas.

Pero muchos como H no tenían otra opción que seguir intentándolo. Él sabía que esta era la última oportunidad. Todo lo vivido en las últimas 52 horas había estado marcado por la esperanza, la decepción, pero especialmente la tristeza. Para empezar había dejado a su esposa, con la que se casó hace poco, porque ella no podía viajar por problemas familiares y de salud. Habían decidido que lo más seguro era que él lo hiciera, que luego encontrarían la manera de reunirse.

“Llegué a las 4 de la mañana del martes, camino del hotel Baron. La escena fue horrible. Había mucho miedo y preocupación en la cara de todos. Los niños lloraban. Los talibanes que eran responsables de esa situación estaban tratando de manejar a la gente golpeándola”. Había tanta gente, cuenta, que parecía que
los 36 millones de afganos estuvieran allí. “Vi gente del antiguo régimen que no pude ver en meses de visitas oficiales, como el comandante en jefe de las fuerzas armadas”. A la una de la tarde algunos alcanzaron los retenes de las fuerzas extranjeras, pero todo se complicó. “De repente, más de diez milicianos talibanes empezaron a disparar sin decir nada para que la gente se dispersara... Las mujeres fueron pisoteadas, los niños quedaron heridos. Horrible”.

Dos horas más tarde recibió una llamada de la embajada española para confirmar que tenía vuelo esa noche. Lo citaron en un complejo residencial donde lo recogería un autobús, junto con otras 120 personas. “Cuando nos acercamos a la carretera del aeropuerto había muchos otros autos esperando para entrar.
Las mujeres y los niños peque-ños lloraban. Las puertas se abrieron unos momentos para que entrara aire fresco, pero tuvieron que cerrarlas para que no entrara más gente”.

Solo a las 4 de la madrugada los vehículos se movieron y lograron llegar a la puerta del aeropuerto. “Entonces los talibanes dijeron que no teníamos autorización, que regresáramos. Todo esto a pesar de que las autoridades españolas les explicaban la situación. Los funcionarios de la embajada insistían en que tenían que entrar, que la información había sido compartida con las autoridades del aeropuerto –es decir, el control de los estadounidenses–. La espera se hacía más dura y no entendíamos qué pasaba mientras los autobuses de la embajada estadounidense accedían sin problemas”.

Así transcurrió el resto del miércoles. Hasta que, a las siete de la tarde, los talibanes ordenaron a todos los autobuses que esperaban, entre ellos alemanes, franceses y polacos, que se movieran de allí. Ya la amenaza de un ataque era evidente. Fue así como el autobús buscó otro lugar mientras las autoridades españolas seguían haciendo todos los esfuerzos para buscar la autorización que les permitiera el acceso. Sin ningún éxito.

“Tuvimos la oportunidad de entrar cuatro veces, los talibanes nos dejaban pasar, pero algo lo impidió”, dice H. Para él, la explicación no es otra que los esta-dounidenses estaban operando esta evacuación con extremo egoísmo.

“Volví a mi casa a las 5 de la mañana después de dos noches sin dormir. Estaba deshidratado, exhausto y desmoralizado. Nunca entendí cómo los estadounidenses podían pasar y los autobuses de otros países, no”, contó. Después de dormir unas horas y comer bien, a las tres de la tarde había decidido regresar en busca de las tropas españolas como última opción para tomar uno de los últimos vuelos. Era su última oportunidad. Pero en esas estaba cuando sobrevino la explosión.

“Vi muchos heridos ante el hotel Baron. No pude evitar llorar –escribió–. Supe que era el fin”. Esto último lo escribía ya de regreso en su casa. Sabía que posiblemente ya no tendría otra oportunidad. Su esperanza ahora está en poder obtener un visado iraní en el futuro y, una vez en Teherán, pedir un visado español, pero eso todavía se ve lejano. “Todo lo que ha pasado estos días es indescriptible”, escribe H, que no deja de agradecer todo el esfuerzo que hicieron las autoridades españolas. Pero no hubo suerte para él.

Funcionarios de Washington dijeron poco después de las dos primeras explosiones que creían “firmemente” en la autoría de Estado Islámico-Jorasán, la rama afgana de la organización. Jorasán alude para ellos a Afganistán, Pakistán (punto de origen de esta rama), toda Asia Central y el subcontinente indio. Según fuentes de EE.UU., se trató de dos ataques suicidas seguidos de tiroteos.

Los talibanes, a través de su portavoz para la prensa internacional, condenaron “enérgicamente” el ataque a civiles, “que tuvo lugar en una zona donde las fuerzas estadounidenses son responsables de la seguridad”. “Haremos todo lo posible por llevar a los culpables ante la justicia”.

Más contundente fue Joe Biden, quien anoche lanzó una clara advertencia al Estado Islámico: “Os cazaremos y os haremos pagar” por los atentados. Una amenaza que, en todo caso, no afectará a la retirada de las tropas de suelo afgano, aunque no descartó el envío de más tropas para evitar nuevos altercados.

El presidente de EE.UU. hizo estas declaraciones durante una rueda de prensa donde descartó cualquier vínculo entre los terroristas y los talibanes, y reconoció que su país había intercambiado información con los nuevos dueños del país para facilitar la evacuación de estadounidenses.



(Autora: Catalina Gómez Ángel)

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