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Interés GeneralDomingo, 20 de Noviembre de 2022

La curiosa suba de las muertes por enfermedades respiratorias e inclasificables

la curiosa suba de las muertes por enfermedades respiratorias e inclasificables 15:31 | Los datos preliminares del MSP revelan que, pese al cese de la emergencia sanitaria, continúa el exceso de mortalidad: 28% más fallecidos de los que cabría esperarse.

Un abuelo murió solo en su hogar y su familia se enteró pocos días después. No tenía rastros de violencia ni indicios que hicieran sospechar de un suicidio. La causa de su muerte es un misterio. Una abuela se infectó de covid-19 durante la última ola de ómicron, a principios de año. Se curó —al menos el virus dejó de identificarse y se calmaron los síntomas—, pero, en silencio, sus pulmones quedaron debilitados. En junio la tomó por sorpresa una gripe machaza y murió por una neumonía no especificada. A otra mujer le vino fiebre y a las pocas horas falleció. Su médico firmó el certificado de defunción y clasificó esa muerte con la letra R y la secuencia de números 96.1: “muerte que ocurre en menos de 24 h. del inicio de los síntomas, no explicada de otra forma”.
Y otra murió por “síntomas de senilidad”.

El fin de la emergencia sanitaria por el coronavirus no acabó con el exceso de mortalidad en Uruguay, como le llaman los técnicos a la cantidad de muertes registradas en un período por encima de las que debían esperarse si se seguía la tendencia histórica. En el primer semestre de este 2022 —en el que hubo tres meses bajo el rótulo de “emergencia” y tres en que no— se contabilizaron 20.560 muertes por cualquier causa. O, lo que es lo mismo, 28% por encima del promedio prepandémico. Así lo revelan los datos preliminares del departamento de Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud Pública.

Si el ritmo no cede antes de fin de año —y si no existen demasiados cambios tras la revisión afinada de las estadísticas—, es probable que el país repita el récord de 2021: habrá más fallecidos que nacidos vivos.

Es cierto que el covid-19 abandonó el podio de las principales causantes de muerte, un lugar que se había “ganado” el último año y que fue perdiendo acorde el sistema inmunitario de la población le hacía frente, un poco por la infección natural y otro tanto por las vacunas. De hecho, si se compara el primer semestre de este 2022 con el mismo período de 2021 —en ambas hubo “olas” de contagios—, las muertes por la enfermedad que causa el coronavirus se desplomaron 62%.

Entre las 19 grandes causas de muerte con que el MSP clasifica los fallecimientos, siguiendo la codificación internacional CIE-10, en el primer semestre de este 2022 hubo un incremento de las defunciones en 10 motivos. Eso incluye una leve suba de las enfermedades cardiovasculares que, a un ritmo superior a una muerte por hora, siguen siendo la primera causa por la que mueren los uruguayos.

Pero lo curioso —al menos para quienes estudian la mortalidad y para los médicos de estas especialidades— es el “significativo” aumento de las muertes por enfermedades respiratorias y aquellas inclasificables.

Inhalo, exhalo
“Tuvimos una avalancha brutal de infecciones respiratorias”. La neumóloga Mónica Kierszenbaum, profesora agregada de la Clínica Neumológica con sede en el hospital Maciel, describe así una de las razones por las que podría explicarse el incremento del 36% de las muertes vinculadas al sistema respiratorio.

Cualquiera de esos fallecimientos excluye al covid-19, aunque puede que detrás de una neumonía sin especificar haya una infección por el coronavirus que pasó desapercibida o el debilitamiento poscovid que acaba en una muerte. Eso sí, insiste la neumóloga: “Entre los síndromes poscovid no hemos detectado casi mortalidad”, por lo cual la suba de muertes podría deberse a las olas virales —VRS, influenza u otros—, a infecciones bacterianas que no se captaron —como una tuberculosis— o incluso “a enfermedades crónicas que no fueron debidamente atendidas durante la pandemia”.

En los sucesivos seminarios que organizó el Colegio Médico del Uruguay para analizar estos temas, hubo una palabra que se repitió hasta el hartazgo: sindemia. Es la conjunción de brotes de enfermedades o epidemias que se retroalimentan en un contexto. Y parte de eso parecía explicar el punto en que se encuentra el país.“

Incluso hay muertes que pueden tener relación indirecta con covid-19 y que difícilmente se comprueben: hemos visto a pacientes que meses antes fueron hospitalizados por covid, se les da el alta y tiempo después reingresan con una neumonía grave que la causó un neumococo —bacteria— o influenza —virus de la gripe—”, cuenta el intensivista Julio Pontet, jefe del CTI del hospital Pasteur, quien sospecha que el debilitamiento inmune hace que una infección “común” se agrave.

Pontet y sus colegas están “asombrados” por otra “tendencia” que ven desfilar sobre las camillas que ingresan a las unidades de cuidados intensivos y que muchas veces acaba en la muerte: los heridos por armas de fuego. “Es una cifra relevante y que incluye a aquellos que no murieron en la escena de un crimen, pero puede que lo hagan después, y a aquellos que se intentaron suicidar”.

Las causas externas de mortalidad y morbilidad —como llaman a los suicidios, homicidios y accidentes— se incrementaron en 8%. “Es una triste realidad que pasa frente a nuestros ojos, y eso que en el Pasteur no vemos a los baleados en el cráneo porque se derivan al (hospital de) Clínicas”, insiste el intensivista.

En duda
Puede que a Uruguay le esté ocurriendo el “síndrome del país envejecido”: cada vez más personas muy adultas mueren sin que nadie sepa de qué murieron. Cuando los médicos firman el certificado de defunción, no conocen la causa de muerte y escriben “desconocida”, o “muerte natural”, o, por temor a que el caso se judicialice, envían el cadáver a la morgue judicial para su reconocimiento. O puede que haya problemas de registro, o que haya enfermedades solapadas.

Sea como sea, el 13% de quienes murieron en el primer semestre del año fue a causa de síntomas o signos inclasificables. Se sabe que murieron, pero no se conoce exactamente de qué. Y el problema es que es una cifra que viene en aumento: creció 24% el último año y, en relación al tamaño de la población, está en guarismos superiores al resto de la región.

Este vacío de información es comidilla en el lobby de movimientos antivacunas que encontrarán, en esta falta de respuesta, el hueco perfecto para sembrar la duda sobre si las muertes son por las vacunas. Entonces empiezan las especulaciones: que la mayoría de los fallecidos estaban inmunizados contra covid-19 —sin tener en consideración que la mayoría de la población adulta tiene al menos una dosis—, o que hubo determinados fallecimientos de personas sin comorbilidades conocidas —sin tener presente que la mitad de los muertos del semestre superan los 79 años y, por consiguiente, están sobre la esperanza de vida al nacer—.

En España, donde en el verano europeo hubo un exceso de muertes sin precedentes, también se dieron estas especulaciones. Mucho más cuando la Sanidad reconoció que no tenía la información para dar respuesta lógica a ese exceso. Si bien se explicó que la ola de calor fue responsable de miles de muertes, nada explicaba el todo. Pero esa tendencia no se dio en toda Europa, donde los niveles de vacunación son muy similares al país ibérico, por lo cual la teoría conspirativa de los antivacunas caía por estadística básica —lo que no significa que no deba investigarse más a fondo por más irreal que sea la hipótesis—.

En España, como en Uruguay, hay un proceso acelerado de envejecimiento poblacional. Los menores de 15 años son menos que los mayores de 65. Eso puede influir en el aumento de muertes, aunque casi ningún demógrafo o médico sugiere que allí radique la explicación del exceso de mortalidad.

Pero más allá de que las personas más adultas tienen más chances de morir, también cuentan con más posibilidades de que una enfermedad crónica se agrave por falta de atención. En ese sentido, el impacto en el sistema sanitario que significó covid-19 hizo que se resintieran los exámenes de diagnóstico de tuberculosis, cánceres, estudios cardíacos y del sistema endócrino. Eso sin contar que los enfermeros, camilleros y médicos soportaron cargas de estrés que tal vez incidió en la atención.

El diputado César Vega, líder del Partido Ecologista Radical Intransigente (PERI), busca que el MSP le dé “explicaciones” por el exceso de muertes que atraviesa Uruguay y, sobre todo, por esas muertes sin causa conocida.

Vega, una de las figuras más visibles de la campaña de desprestigio a las vacunas contra el covid-19, pretendió que la comisión de Salud de la Cámara de Representantes citase al ministro Daniel Salinas. Sin embargo, los referentes de la comisión optaron por triangular las preguntas del diputado y enviarle la consulta directo a la cartera sanitaria.

En los datos preliminares de Estadísticas Vitales del MSP, no figura ninguna muerte atribuible a las vacunas u otros biológicos. Lo más parecido que aparece es un único fallecimiento por “efectos adversos de drogas o medicamentos no especificados”. Se trata de una mujer de Soriano, de 68 años, que murió en Montevideo el 9 de febrero de 2022.

La mujer tenía dos dosis de Sinovac y una tercera dosis de Pfizer, la que había sido administrada cinco meses antes. Por lo cual, quedaría descartada la posibilidad de un efecto adverso supuestamente atribuible a la vacuna.

Cuando acabe el año y el MSP realice el análisis en profundidad, puede que se conozca con mejores detalles qué pasa con todas las muertes dudosas.




(Copyright El Observador)

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