“No me voy a detener mucho porque la sintonía era la misma que en otros lugares donde estuve”, explicó. Sin embargo, sí marcó una de las principales dificultades que atravesaban en aquel momento: el hambre.
“Pasábamos mucha hambre”, señaló en diálogo con el conductor de Beloqui Podcast.
Las visitas de su familia y las encomiendas eran fundamentales para conseguir alimentos. Fideos, arroz y azúcar estaban entre los productos que recibían y que les permitían complementar la comida que recibían dentro de la cárcel.
Cuando no tenían esos recursos, debían buscar otras alternativas. Guillén contó que recuperaban alimentos de las sobras de las ollas y que, en situaciones extremas, llegaron incluso a cocinar y comer animales que encontraban en el entorno.
Las Rosas fue uno de los establecimientos por los que pasó durante los años de reclusión. También mencionó la cárcel de Rocha y Punta de Rieles, centros que, de acuerdo con su experiencia, tenían una dinámica similar.
Antes de llegar a las cárceles, Guillén tuvo una infancia marcada por la pobreza y la delincuencia.
Sus padres se separaron cuando tenía dos años y creció en Rocha, en un entorno que describió como rodeado de prostitución, alcohol y drogas. Su padre era "admirado" por la delincuencia, relató.
A los 9 años comenzó a fumar tabaco y marihuana y a los 10 empezó a cometer pequeños robos. Con 11 o 12 años ya pasaba buena parte de su tiempo en la calle.
A los 12 años tuvo un enfrentamiento que terminó con su ingreso a la Colonia Berro, de donde se fugó en varias oportunidades.
Con el paso de los años, la violencia y las adicciones se hicieron parte de su vida. A los 18 años cometió un delito de copamiento por el que recibió una pena de 12 años y 8 meses de prisión.
Dentro de las cárceles aprendió a moverse en un ambiente que describió como de permanente tensión.
Recordó que otros presos con más experiencia le enseñaron formas de defenderse y de manejarse dentro del sistema carcelario. También contó que participó en enfrentamientos porque entendía que debía hacerse respetar para evitar convertirse en una víctima.
En ese período también comenzó a darle importancia a la fe. Guillén sostiene que siempre sintió que había algo superior que lo protegía y que, años después, esa sensación se transformó en una decisión de acercarse al cristianismo.
Uno de los episodios más graves ocurrió en la cárcel de Comcar, durante una requisa.
Contó que intentó protegerse sujetándose de una reja cuando recibió un fuerte golpe en la cabeza. El impacto le provocó una lesión que, con el paso de las horas, generó una deformación en el cráneo.
Al día siguiente, un enfermero lo examinó y, al tocarle la cabeza, comprobó que el hueso se movía. Ante la falta de atención médica inmediata, Guillén llegó a intentar por sus propios medios recuperarse de la lesión.
Después de cumplir su condena, asegura que su vida tomó otro rumbo.
La conversión al cristianismo fue uno de los puntos centrales de ese cambio. También destacó el papel de su esposa, a quien define como una persona fundamental para aprender a mirar la vida de otra manera.
La llegada de su hijo terminó de modificar sus prioridades.
Explicó que dejó atrás la mentalidad de supervivencia que había aprendido durante sus años de prisión para asumir una nueva responsabilidad: la de formar una familia.
“Uno tiene que aprender a vivir de otra manera”, concluyó.
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