Germán Romero es uno de ellos. Trabaja en el locutorio de la galería Pan de Azúcar, a unas cuadras del apartamento que alquilaba a su madre en el edificio Biarritz y que quedó totalmente destruido tras el siniestro de ayer lunes.
Había cortado su horario laboral y estaba almorzando cuando lo sobresaltaron los gritos de “¡fuego!”. Corrió hacia el pasillo y vio las llamas a diez metros y también vio que los muchachos que colocaban la membrana asfáltica corrían hacia la salida.
“Los que provocaron el incendio fueron los primeros en correr”, dice Romero a FM Gente. “Cuando abrí la puerta de casa ya tenía el fuego a diez metros, en el pasillo”.
“Lo primero que atiné fue a agarrar el extinguidor pero me funcionó en parte, no sé si funcionaron todos. Los muchachos solo corrieron, fueron los primeros en correr y no atinaron a nada”, lamenta.
Con la voz quebrada por el dolor de haberlo perdido todo, contó que se quedó “con lo puesto”, que no le quedó más que correr él también porque las llamas crecían a medida que se quemaba toda la estructura de madera del edificio. Cuestionó también a los Bomberos, porque a su juicio demoraron 25 minutos y llegaron sin los equipos preparados.
Como Romero, otras familias lo perdieron todo y no responden al imaginario social que ve en Punta del Este un balneario de glamour restringido a personas de alto poder adquisitivo.