Tuvo diez hermanos. La familia era humilde y en aquella San Carlos de los años cuarenta, los chicos salían temprano a ganarse la vida. Teodoro vendía diarios y lustraba zapatos en las calles de su ciudad natal para ayudar a llevar el pan a la casa. A los diecisiete años se fue del hogar paterno. Antes, su padre lo había mandado a aprender el oficio de panadero, trabajando gratis a cambio de formación, mientras también trabajaba en otra cosa para subsistir. Ese oficio le cambiaría la vida.
Cuando se casó con Yolanda Busquets, “Gonzalito” tenía el oficio aprendido y la determinación intacta. Con poco dinero pero mucho trabajo, la pareja levantó la Panadería “La 2” en la Parada 2 del populoso barrio “La Pastora”, su primer gran emprendimiento en el balneario.
El negocio prosperó rápidamente. En una época en que no había supermercados ni grandes cadenas, la panadería se convirtió en punto de referencia del barrio. Teodoro también construyó el edificio lindero al local y detrás de él construyó otro local. Sabía hacer las cosas bien y sabía hacer las cosas grandes. Armó otros comercios que luego fueron a parar a manos de personas de su confianza. “¿Cómo te puedo pagar esta carnicería? No tengo un mango”, le comentó uno de sus amigos. “No te preocupes. Te conozco. Me la vas a pagar mucho antes”, le respondió Gonzalito. En menos de un año la deuda fue saldada. Otra foto en poder de la familia muestra a “Gonzalito” a bordo de un taxi, otro de sus emprendimientos. Detrás aparece la losa numero dos del edificio Santos Dumont, entonces en construcción.
Con el correr de los años vendió la panadería y amplió horizontes. Fue propietario del Hotel Córdoba, ubicado en las calles 27 y 20, pegado al mítico almacén El Ciclista, que luego vendió. Adquirió también el gran local que había sido el Supermercado Casola, en la esquina de la avenida Gorlero y la calle 25, una de las esquinas más codiciadas de la península.
Pero su obra maestra llegó en 1983. Ese año alquiló —y luego compró— la esquina de las calles 20 y 29, cuyo propietario era Víctor Faena, padre del reconocido empresario hotelero Alan Faena. Allí fundó Les Delices, la confitería que con el tiempo se convertiría en una institución de Punta del Este. No era solo un negocio: era el resultado de décadas de conocimiento panadero acumulado, de una exigencia personal con la calidad que su hijo Gustavo define con precisión: “Era la producción de él. Conocía la producción muy bien y siempre se destacó por hacer cosas buenas”.
Esa obsesión por la calidad fue la marca registrada de Les Delices durante más de cuatro décadas. Generaciones de veraneantes y residentes hicieron de la confitería una parada obligatoria. Su nombre en francés, su estética cuidada y la consistencia de sus productos le ganaron un lugar en la memoria afectiva de quienes frecuentaron Punta del Este desde los años ochenta hasta hoy.
“Era muy intenso en el trabajo. Una persona muy perseverante, prolija”, lo recuerda Gustavo, su hijo, desde hace diez años al frente del establecimiento que su padre fundó y que sigue siendo uno de los comercios más queridos del balneario.
Teodoro González no supo leer ni escribir de joven —no había podido estudiar— y sin embargo construyó un pequeño emporio comercial con inteligencia, trabajo y una intuición empresarial que lo distinguió en cada etapa de su vida. Su esposa Yolanda Busquet, con quien compartió el camino fundacional, lo precedió en la muerte. Lo sobreviven su hijo Gustavo y sus tres hijas: Tany, Laura y Jeanette.
Punta del Este despide a uno de sus constructores silenciosos, a uno de esos hombres que llegaron desde otro lado con las manos vacías y dejaron una huella que perdura mucho más allá de sus vidas.